sábado 7 de noviembre, 1:36 AM
Todo lo que podamos decir acerca de este terrible suceso es escaso para dar cuenta del excepcional valor de la vida de una persona. Cuando se trata de la vida de un niño, nos deja consternados.
Poco o casi nada podemos decir de la vida de este niño sin conocerlo ya que reivindicamos el valor de la más absoluta singularidad.
Desde la posición del psicoanalista podemos sí esbozar algunas características comunes a un momento de la vida y algunos factores de nuestra sociedad que ayudan a precipitar a los jóvenes a situaciones de acciones desesperadas.
Aquello que caracteriza los cambios en nuestra vida, los momentos en que se nos abren nuevas perspectivas como lo es la entrada al colegio secundario, provocan el encuentro con nuevas vivencias difíciles de resolver.
Acceder a la adolescencia implica enfrentarse a fuertes desilusiones.
Muchas veces se produce que lo anhelado, desde niño, implica una trabajosa adaptación a un nuevo estado en el que los logros van acompañados de exigencias propias, a veces sentidas como imposibles de superar.
La conocida "rebelión adolescente", suele encubrir situaciones de extremo dolor y ansiedad en el joven a la que no se le presta atención. A veces preferimos pensar: "Es una etapa, ya se le va a pasar".
Muchas acciones de los jóvenes, no acordes con lo que los adultos esperan, generan irritación y enojo profundizando una brecha que aumenta su desesperación y soledad.
La aparición de acciones desesperadas como esta que vemos, nos deben hacer reflexionar acerca de las veces en que no nos escuchamos ni escuchamos al otro en sus demandas de atención.
La sociedad actual a la vez que incrementa la exigencia de éxito y de "ir a mil" denigra al que se toma su tiempo, al que prefiere la introspección o quiere hablar de su malestar. Una publicidad actual de galletitas muestra literalmente esta situación: dice algo así como "el mundo no quiere escuchar lo malo".
Insisto en este punto ya que vivimos en un tiempo en que el hombre en sus valores parece ser sustituido por sus logros en el mostrar y en el tener, incrementando la competencia y el individualismo.
Reitero lo dicho al inicio ya que frente al suicidio de un niño de 14 años no hay consuelo ni palabras, sólo las que nos puedan servir para incrementar nuestra atención, recordar nuestra niñez y adolescencia y así poder interpretar mejor sus demandas.
El autor es médico psicoanalista y pertence a la Asociación Psicoanalítica Argentina
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