sábado 7 de noviembre, 4:00 AM
WASHINGTON.? También hubo una pizca de alivio en medio del horror por el baño de sangre: el tirador de Fort Hood actuó solo y, según todos los indicios, no era un sleeper, un terrorista a la espera de una orden para llevar a cabo un atentado.
Pero a medida que prosigue el goteo de información sobre Malik Nadal Hasan, hay otro aspecto que se presenta cada vez con mayor claridad: la tragedia pudo ser un acto desesperado de un único hombre, pero tiene también una dimensión política más amplia, que puede convertirse en un problema para Barack Obama.
El presidente lleva semanas discutiendo con sus asesores una nueva estrategia en Afganistán. El general a cargo de la misión, Stanley McChrystal, quiere 40.000 soldados más en la región. Obama no quiere arriesgar más vidas si no es imprescindible y si no hay una misión clara.
Estados Unidos acaba de vivir el mes más sangriento en Afganistán desde el inicio de la ofensiva, con 55 soldados muertos. Esto ya hace a Obama más difícil cualquier decisión.
Y sobre ese fondo revuelto llega la masacre en Fort Hood: un brote de violencia desatado por el pánico ante el envío a Afganistán (próximo destino de Hasan), por el rechazo a la guerra, la sensación de desesperación y, acaso, también por odio.
Después de todo, el autor era un psiquiatra encargado de tratar las perturbaciones postraumáticas de soldados que regresaban de la guerra. Según su familia, no soportaba las escenas narradas por sus pacientes, muchos de ellos mutilados, y la visión del horror que transmitían.
Nada de esto se confirmó como causa del incidente. Pero aunque se encuentre otra, la masacre fue un golpe repentino que volvió la mirada de la opinión pública hacia la carga de las dos terribles guerras que libra Estados Unidos y hacia un grupo de víctimas de las que casi nunca se habla: los heridos. Sólo durante los últimos tres meses, más de 1000 personas quedaron gravemente mutiladas en Afganistán.
Noel Hasan, tío del psiquiatra, relató que rara vez hablaba de su trabajo. Una vez, sin embargo, contó de los soldados que regresaban destrozados de Irak o Afganistán. Uno había sufrido quemaduras tan graves "que tenía la cara casi derretida", según Noel. "Me contó cuánto lo había afectado eso."
También se supo que Hasan trabajó seis años en el hospital Walter Reed en Washington, primer destino de los heridos en la mayor parte de los casos. "Tenía pesadillas", contó su primo Nader. Hasan ingresó en el ejército contra la voluntad de sus padres y, con el correr del tiempo, se volvía cada vez más en contra de las guerras en Irak y Afganistán.
Si la ira crecía en Hasan, ¿hubo señales de advertencia que permitieran esperar este final? Un ejército de expertos investiga no sólo el porqué de la masacre, sino también cómo pudo producirse. Todos coincidían ayer en que el psiquiatra acumulaba años de una desesperación creciente.
"Era psiquiatra, pudo haber reconocido las señales en sí mismo ?opinó un colega?. Pudo y debió haber buscado ayuda, pero no lo hizo. Eso hace todo aún más incomprensible."
Fort Hood se convierte así en una nueva llamada al ejército para que refuerce el apoyo a los soldados que vuelven afectados de la guerra. Se estima que un 30% de los efectivos estadounidenses que regresan a su país lo hacen con problemas psíquicos, como depresiones, pánico y ataques de ansiedad.
Pero muchos no confían en contar sus problemas. "Pedir ayuda no es señal de debilidad", dijo la senadora texana Kay Bailey Hutchison.
Según la Casa Blanca, también Obama quiere reforzar ese mensaje.
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