domingo 8 de noviembre, 4:00 AM
Cuando Diego Osella apareció en escena, hace 20 años, muchos coincidimos en llamarlo el Yugoslavo. Todas sus características físicas encajaban en el biotipo de los jugadores balcánicos. Alto, delgado, largas extremidades, buena capacidad de salto, hábil, ágil y con dominio del balón. No era habitual que en nuestro país surgieran basquetbolistas con más de dos metros que tuvieran la versatilidad de un perimetral. Por eso, muchas esperanzas se depositaron en aquel proyecto llegado desde Oncativo en la época en que Atenas empezaba a trabajar con su cantera y ya ganaba títulos en la Liga Nacional.
Lo único que Diego no tenía de los yugoslavos es la pasión por el básquetbol. Parece paradójico: el hombre récord, el de los 1000 partidos en el torneo local, nunca sintió el básquetbol en la sangre. Lo reconoció muchas veces, pero desde hace unos años no lo dice más. Quizá se dio cuenta de que no quedaba bien.
Le gustan los asados, los encuentros con amigos, disfrutar de su hermosa familia y, si fuera por él, quizá ya estaría viviendo en el campo. La imagen que siempre transmitió es la de un tipo tranquilo, bonachón, de sonrisa y broma fácil, compañero ideal y un buen trabajador del gimnasio. Siempre se destacó como un gran profesional, aguerrido, que no le escapa al roce y al que, por eso, a veces, le surgen rabietas con los árbitros. Al flaco de Oncativo le han pegado mucho y no siempre sancionado todo.
Diego fue por años el ladero de Marcelo y de Pichi. Un rol que asumió con tranquilidad. Hoy, que es el capitán y más representativo del plantel, sigue conservando el perfil bajo. No le gusta la exposición. En junio de este año, cuando todos los cordobeses festejaban el título en el vestuario del polideportivo marplatense, él tomó un silla, se sentó a un costado para observar cómo saltaban y cantaban todos. "Miro cómo festejan... Lo único que falta es que después de un partido así me ponga a saltar." Un auténtico Osella, ganador de muchos títulos y actor protagónico de muchas grandes actuaciones del seleccionado. Una inolvidable, que marcó el tope de su carrera, fue en los Panamericanos de 1995, cuando la Argentina consiguió en Mar del Plata la primera medalla dorada. Osella fue el goleador y la figura del torneo, especialmente en la final. Por muchos años, fue el pivote inamovible del equipo argentino.
Nunca esperó llegar a los 1000 y dice que seguramente es su última campaña, pero, sin pasión por esto, no se hizo demasiada mala sangre, llevó su profesionalismo con tranquilidad y hoy disfruta de su mayor logro en la vida: haber sido un jugador querido por todos. Se merece que, de ahora en más, en cualquier cancha de la Liga todos aplaudan al Yugoslavo. Sería el mejor tributo a uno de los más grandes basquetbolistas de nuestra historia.
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