martes 13 de mayo, 3:00 AM
Antes que nada, para que no haya malentendidos, el título de esta columna no pretende desconocer algunos de los efectos balsámicos que supondría para River la obtención del Clausura luego del descomunal garrotazo que significó la eliminación de la Copa Libertadores. Pero el éxito también tiene consecuencias que no son tan positivas, de las que conviene cuidarse y tomar recaudos.
En nombre de la victoria, muchas veces se dejan de tomar decisiones que son impostergables. El triunfo actúa como un velo que oculta lo malo, lo nocivo. En caso de ganar el Clausura, River se sentirá reivindicado, pero se expondrá al riesgo de creer que el modelo actual es el acertado, que no merece revisiones profundas.
Cuando Simeone se sentó a negociar, en diciembre, su contrato, fue advertido del panorama que lo esperaba: un plantel con tendencia a la fragilidad espiritual y el problema que representaba el caso Ortega. El curso de los acontecimientos demuestra que no se avanzó mucho en la mejoría del diagnóstico.
Lo que no debería demorar la conquista de un título es la depuración del plantel y la imperiosa búsqueda de un nuevo consenso humano y futbolístico. River huele a habitación cerrada y necesita airearse. Las circunstancias y el desgaste público que acarrearon sus problemas privados terminaron por esmerilar la condición de referentes que se les asignaba a Ortega y Tuzzio.
Ortega es un caso espinoso en el que nadie quiere meter mano y cargar con el costo de salir pinchado. Las contemplaciones que recibió exceden lo tolerable para un club que se jacta de estar entre los principales del mundo. En otros lados no se procedió de la misma manera ante la estrella que recurrentemente falta a sus deberes profesionales. Ronaldo y Ronaldinho, al igual que Ortega en River, también se constituyeron en el símbolo de la excelencia y del éxito en Real Madrid y Barcelona, respectivamente, pero esos clubes no dudaron en prescindir de ellos cuando la vida disipada fuera de las canchas les restó estado atlético y compromiso deportivo.
Las correcciones también deben alcanzar la política de refuerzos. ¿Alguien recuerda cuál fue la última incorporación que dio un valor agregado importante? Habría que remontarse a 2002, cuando llegó Lucho González. Muchos, como se especulaba, no estuvieron a la altura de las exigencias, y otros, más prometedores, rindieron menos de lo esperado, arrastrados por la dinámica negativa de la institución.
De todas maneras, River no es un erial. Buonanotte y Abelairas es una cosecha con presente y futuro. Forman parte de una base que River deberá reacomodar sin dejarse llevar por los cantos de sirena que traería un título.
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