viernes 25 de julio, 3:00 AM
Todavía en estado de shock, los Kirchner encomendaron de urgencia a su nuevo jefe de Gabinete que recompusiera al Gobierno de un terremoto político que, según ellos, nunca ocurrió.
Sergio Massa aterrizó ayer en una Casa Rosada llena de dos clases de kirchneristas: los funcionarios que contenían la respiración a la espera de no perder el cargo y los dirigentes con peso territorial que querían ilusionarse con un cambio profundo después del devastador desenlace que tuvo para el Gobierno la pelea con el campo.
Los dos sectores se fueron contrariados, entre los esfuerzos por recrear la euforia de épocas cercanas. La Presidenta prefirió que la asunción de Massa fuera la puesta en escena de un "recambio ordenado" y no de la crisis de gabinete más grave en cinco años de kirchnerismo. Por eso, estuvo Alberto Fernández a dos metros de la jura. Y también por eso cuesta leer como algo casual que Massa debutara como ministro en un anuncio con Julio De Vido y Ricardo Jaime. Dos de las figuras polémicas que su antecesor quiso arrastrar con su intempestiva renuncia.
La propia inercia de la crisis provocará más cambios de nombres, pero -fortalecido De Vido- todos los focos apuntan sobre Guillermo Moreno, el encargado de imaginar los índices de inflación. Su ausencia en el multitudinario acto de asunción de Massa alentó suspicacias sobre su renuncia. Oficialistas de los más convencidos decían anoche que sólo con su salida podría ser "vendible" a la sociedad la promocionada "oxigenación" del Gobierno. Al menos por lo simbólico: al fin y al cabo, Moreno es Moreno porque Kirchner es Kirchner. Los rumores se posaban también sobre el ministro de Economía, Carlos Fernández, en la hipótesis de un relanzamiento del programa económico.
Pero por ahora Massa conduce el gabinete desgastado del que huyó Alberto Fernández. Llegó solo, casi sin estructura propia, y con una voluntad conciliadora que su antecesor ya no podía ejercer.
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El nuevo ministro se concentrará en el "control de daños", dijo entre sus interlocutores. En náutica, se llama así al protocolo de emergencia que debe aplicarse para estabilizar el barco ante la amenaza de un naufragio. Los médicos lo adaptaron para nombrar las acciones en pos de contener la hemorragia de un herido grave. En términos políticos, la prioridad será recomponer el tejido de un oficialismo que puso en riesgo su mayoría parlamentaria, que echó a perder la concertación con la que ganó las elecciones, al que se le fue con un portazo el ministro más poderoso, que tiene un vicepresidente declarado enemigo...
Massa se propone reconstruir desde el diálogo. Prometió hablar con el peronismo crítico, con los empresarios, con la prensa, con los ruralistas, con los sindicatos. Hasta con los amigos de Cobos. "Soy un concertador de alma", se definió anoche en una ronda informal en la que se mezclaban ultrakirchneristas como Dante Dovena y un confidente del vicepresidente, el intendente Mario Meoni.
Esa estrategia requiere una gestión tranquila y que nutra con optimismo la agenda política diaria. Con menos Néstor y más Cristina, al menos en público. Varios gobernadores peronistas, con Daniel Scioli a la cabeza, alientan el paso a esa nueva etapa. Kirchner no dio señales de estar dispuesto a rever el proceso de toma de decisiones ni de despoblar el gobierno de su esposa de funcionarios expertos en (alentar) conflictos.
¿Compartirá el matrimonio presidencial el plan del "país tranquilo", cuando aún murmuran entre íntimos la teoría del intento golpista detrás de la rebelión agraria? Hace una semana que la Presidenta no habla en público de lo que pasa en el país. Su esposo casi no sale de Olivos. El silencio es sintomático en los Kirchner. Sólo ellos saben la magnitud de lo que vendrá.
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